Sin techo
Luis Prats
Tienen por techo la bóveda celeste y por paredes los límites de sus caminos. Al albur de tenerlo despejado o cubierto, estrellado o presidido por una luna radiante. Carecen de resguardo protector ante las inclemencias del tiempo, ante el frío, el calor, la humedad, la lluvia o la nieve, las tormentas o vendavales, las calinas o el bochorno. Su refugio son portales, porches de plazas, casas en ruina, han cambiado la protección de los puentes por los modernos vestíbulos de cajeros automáticos. En ellos duermen, descansan, en solitario o a veces en compañía. La intemperie es consustancial a su forma de vida, elegida o impuesta su situación avergüenza a la sociedad, a esta que se ha dado en llamar sociedad del bienestar. Hablamos de los llamados "sin techo".
Red de albergues que no dan abasto. La dichosa crisis ha elevado exponencialmente el número de personas sin techo, sin hogar, sin una habitación donde descansar, donde protegerse, sin dos metros cuadrados de intimidad. Son legión, pululan por nuestras calles sin destino fijo, con aire ausente, ignorados. Hacen colas por un bocadillo que les permita saciar su necesidad de comer, su derecho a una alimentación en una sociedad que les excluye, que prefiere no mirar, no pensar, no actuar. Unos se dejan ir, otros tratan de salir, los más buscan trabajo.
En casos son objeto de burla, de sanguinarias bromas de cerebros vacuos, de actitudes xenófobas, de violencia desatada. Sin protección, son presa fácil de cobardes que actúan en linchamiento, con el abrigo de la jauría humana. Atacados en la soledad de sus miserias, en el desamparo social, en el abandono propio, en la orfandad de sus congéneres.
Se dedicó el pasado domingo al día mundial de los sin techo, efemérides vergonzante en el calendario. Solidaria jornada que necesita de acciones, de proyectos, que huye de apáticas reuniones, de rimbombantes jornadas, de inútiles comisiones, de observatorios para la galería. Recuerdo de fugaces presencias de indigencias de otros, flaca memoria de visiones en penurias. Concomitancia de progreso y carestía. Pasividad social que valora más tener que deber, acumulación que obligación.
Cartones para empaquetar, nunca para soñar. Dormir al raso debiera quedar para la aventura, para la sed de riesgo de quienes todo tienen. Nuestras ciudades necesitan de albergues que den cobijo, de hospedajes que supongan un camino al rescate social, de alojamientos que se tornen en peldaño hacia una vida mejor, de refugios protectores de cuerpos y almas.
Luis Prats es sindicalista.
















