El relato
Rosa Díez
El jueves por la mañana, Invitada por el Catedrático de Derecho Internacional Rafael Calduch, me dirigí a la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid para impartir una conferencia que llevaba por título "La Regeneración Democrática".
Calduch me había hecho saber dos días antes que el decano le proponía que le diéramos un mes para "negociar" con los estudiantes mi derecho a intervenir, pretensión antidemocrática a la que, evidentemente, nos negamos.
El miércoles los estudiantes encuadrados en el colectivo que apoyó al nuevo decano, Heriberto Cairo, publicaron un "manifiesto" en Kaosenlared desde el que convocaban a sus acólitos y antisistemas varios a boicotear mi presencia, además de verter en el mismo todo tipo de insultos sobre mi persona.
Llegamos a las doce pasadas. Nos tuvimos que retrasar un poco porque a eso de las once y media se produjo un aviso de bomba y tuvimos que esperar a que los perros controlaran la seguridad del lugar. Entré en la Universidad entre abucheos, pitadas, insultos y "pasillo" preparado al efecto. Llegué al aula acompañada por Rafael Calduch.
Detrás de mi empezaron a entrar los jóvenes que seguían vociferando consignas insultantes. Enseguida, mientras se iban acomodando para el "linchamiento", llegó el decano. Me saludó y me explicó que había pactado con los estudiantes (aquellos que le apoyaron organizadamente para ser decano, recuerden) que les iba a dejar leer primero un manifiesto y que luego me dejaran intervenir.
Le dije al decano que yo no aceptaba esas condiciones; que ese acto estaba convocado y autorizado para que yo diera una conferencia; que iba a haber turnos de preguntas en los que podían decir lo que quisieran. El tal decano me insistió en que eso era lo que él había pactado; y que, a su juicio, lo importante es que "pudiera dar la conferencia". Yo le dije que lo importante es que pudiera dar la conferencia en condiciones democráticas; y que condicionar mi conferencia a que ellos leyeran previamente sus libelos no era aceptable. Me replicó que el decano era él y que si le pedían la palabra antes de que yo hablara se la iba a dar. Le dije que si yo hubiera conocido esas condiciones no hubiera ido. Me espetó que si quería "suspendíamos" la conferencia… Le dije que hasta ahí podíamos llegar.
Nos sentamos. Y sin mediar ni una pausa dos jóvenes tenían en la mano un micrófono y de pié, a dos metros de mí, empezaron a leer lo que habían colgado en kaosenlared. El decano escuchaba sin inmutarse todo tipo de insultos y descalificaciones hacia mi persona y hacia mi trayectoria vital. Los suyos les jaleaban. Algunos estudiantes se dirigían indignados hacia el decano, le exigían que actuara, que se manifestara ante lo que estaba escuchando… Él asentía y callaba. Mandaba callar, de vez en cuanto y tímidamente, a algunos de los más excitados de entre la sala. Al fondo, un hombre que por su edad no era estudiante, me insultaba con más fuerza aún mientras no paraba de hacerme gestos obscenos con las manos y brazos. Era un profesor, como más tarde denunciarían los estudiantes que se quedaron a la conferencia.
Cuando acabaron de leer los insultos escritos pidieron alzando aún más la voz que sacaran las tarjetas rojas. Y la horda que estaba sentada lo hizo, gritando contra mi presencia y redoblando los insultos. El decano pedía "por favor" que los que no quisieran escuchar se fueran de la sala…
Tardaron unos minutos en salir, gritando sin parar. Uno de los más activos, el profesor. Algunos de ellos se quedaron dentro. Dos, al fondo, con la tarjeta roja levantada; al cabo de un rato a uno de ellos se le cansó el brazo y lo bajó. Varios de ellos, en la baranda que rodea el salón, con la tarjeta en la mano, esperaron a que yo empezara a hablar.
El decano tomó la palabra…bla, bla, bla…la diputada tiene derecho, bla, bla, bla… vamos a escuchar…., bla, bla, bla… Ni una sola palabra de reprobación a la retahíla de descalificaciones que todos habíamos sido obligados a escuchar. Ni una palabra de distanciamiento con el acto que habían protagonizado los alumnos que le hicieron decano. Ellos se fueron después de insultar; ellos no tuvieron que escucharme; yo no pude evitar hacerlo.
Reprobable la actitud de los jóvenes; absolutamente inaceptable la actitud de los profesores que participaron en el linchamiento; incalificable y bochornosa la actitud del decano. Alguien me lo quiso "defender" con esta explicación: "es que es decano gracias a sus votos…" Dios, cuanto mejor no depender de los intolerantes que asumir una responsabilidad de la mano de esa gentuza.
Cuando salí a hablar desde el atril empecé por afearle la conducta al decano. Le recordé a Montesquieu y su lapidaria cita sobre la decadencia del imperio romano: "No es recomendable pagar por la paz pues quien nos la ha vendido está en mejores condiciones para hacernos volver a pagar por ella". No se puede ceder al chantaje, le dije; mire las consecuencias, mire el ejemplo: siguen gritando, siguen insultando. Le aseguré que la siguiente vez sería aun peor. Ni se inmutó. A él y a sus jóvenes hordas les expliqué que la vida me había enseñado a no bajar la cabeza ante los intolerantes, a ponerme de pie frente a ellos. Y que eso es lo que iba a seguir haciendo.
A partir de ahí di la conferencia y contesté a las preguntas (dieciocho, hasta la hora en la que me debía de ir) de pie. Al principio permanecían sentados en la sala y tras la baranda, de pie, un grupo de recalcitrantes saboteadores. Tras interrumpir con gritos y adjetivos mientras hablaba (el decano "por favor, dejen que hable, el que no quiera escuchar que salga de la sala…") cuando descubrieron que no me iba a callar y que les iba a explicar todo aquello que considero imprescindible para la regeneración democrática (de las reformas legales pendientes, de la regeneración democrática versus reforma de la ley electoral, de la educación, de la justicia…), cuando perdieron la esperanza de acallar mi voz, se fueron marchando y se hizo el silencio en la sala. Y los ciento cincuenta más o menos que siguieron sentados, escucharon. Durante el turno de preguntas, sonó la alarma contra incendios en tres ocasiones. Alguien del público dijo: "mira que es difícil hacerse escuchar en esta Universidad…".
Siguió el coloquio. Pude ver que no todos los que allí estaban eran partidarios de nuestra opción política. Pero escucharon y preguntaron con respeto.
Batalla ganada.
















