Los que susurran a las vuvuzelas
Luis Prats Pérez
Mientras en la terreta foguerers y belleas ofrendaban flores a la Virgen del Remedio, en el cono sur africano la roja nos ofrecía a todos los españoles y buenos aficionados al balompié un repertorio de juego preciosista, de juego de salón. Mientras en plenas fiestas de Hogueras bandas, tabalets y xaramitas amenizan calles y actos, en sintonía con el sentir popular, en Sudáfrica las odiosas vuvuzelas atacan nuestros oídos con su sonido plano e inmutable, zumbido insoportable, persistente que supera en detestable el del moscardón o al del propio mosquito nocturno en pleno vuelo rasante atacando la epidermis.
Salieron los que susurran a las vuvuzelas y por momentos nos olvidamos de esa desagradable asonancia, de esa cacofonía de una sola nota que emiten esos aparatos del averno a los que Eolo debiera, en bien de la armonía de los pentagramas, taponarles el viento en el que reina y gobierna. Entre destello y destello de la roja volvían las vuvuzelas a roer nuestro tímpano, a golpear nuestro yunque, a machacar el lenticular, a fundir el martillo, a encaramarse en nuestro estribo. Instrumento infernal que lograron silenciar durante fases del encuentro con la Honduras, a la que Trillo dióle vivas en base militar salvadoreña, con la suavidad en el juego, en el tratamiento del balón, en la creación de ocasiones de gol.
Contraste de sonidos, la eufonía de los pasodobles de las bandas en recorrido de pasacalles con fervor festivo de comisionados y vecinos en general, con la insoportable onomatopeya plana que emiten esas especies de tubas romanas de plástico que dicen soplan aficionados para animar a los gladiadores modernos del balón. Sonsonete monótono que con la suavidad del toque preciosista de la roja decayó en el frío ambiente invernal del país africano. Oídos sordos embelesados con un juego que debió tener la recompensa de goleada hurtada por la fortuna que otros encuentran con facilidad pasmosa y a la roja tanto le cuesta encontrar.
Tras el fiasco suizo, la victoria ante los herederos del gran Gilberto de la Honduras del 82, que recaló en tierras ilicitanas, y del goleador Macho Figueroa, que lo hizo en el Hércules de mediados de los ochenta y que tras trece años de larga travesía acaba de ascender ganando al histórico Real Unión a la liga de las estrellas, resta la confrontación con Chile con la esperanza de que su picante nombre no se nos indigeste y sigan los nuestros susurrando a las vuvuzelas.
Luis Prats Pérez es sindicalista.
















