Lapidación
Luis Prats
Imprudente como casi siempre el todavía presidente de la Diputación de Alicante y del Partido Popular en la provincia, no se ha cortado ni un ápice, e inmediatamente de tener conocimiento de las denuncias sobre Ángel Luna, ha solicitado públicamente su propia lapidación. Para ofrendar nuevas glorias a España, acepta sin ambages su sacrificio popular.
Buscando notoriedad, puede encontrarse el protagonista de los videos más vistos y solicitados últimamente en la ciudad de Alicante, con una lluvia de piedras que caigan sobre su cabeza y no precisamente al ritmo de balada como la de aquella fantástica canción “gotas de lluvia caen sobre tu cabeza” que realzaba si cabe aún más la extraordinaria película “Dos hombres y un destino”. Destino el de Ripoll, y el de más de un hombre/mujer de su séquito popular, que debería estar marcado en rojo en hoja de ruta de dimisionario ante el escándalo descubierto en rededor de sus presuntos delitos en el caso de las basuras.
Viene ello, la lapidación, a colación por sus estentóreas e irreflexivas declaraciones, parafraseando un relato bíblico del Nuevo Testamento, utilizándolo como excusa de sus tribulaciones junto a Ortiz y Fenoll: “ El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, del Evangelio según San Juan (8,111). Debiera el político popular, tanto por adscripción como por hechos, haber aclarado de quiénes está dispuesto a recibir pedradas, si únicamente de la clase política, lo que reduciría notablemente la magnitud de la lapidación, o si su llamada al sacrificio mediante el arte de lanzar piedras sobre su persona, es universal por ecuménica, lo que conduciría sin remedio a una especie de pedrisco global que acabaría sepultándolo bajo una montaña artificial. Suerte que el jactancioso hablador no vive en Irán, pues de ser ciudadano de la antigua Persia no habría manera de salvarle de ser lapidado sin remisión.
Por la boca muere el pez y por sus amistades los conoceréis. Tanto el refranero popular como los libros sagrados, están llenos de frases aplicables a la vida cotidiana que debieran contemplarse como ejemplares, y no utilizarlas alegremente a la mayor gloria de la ominosa personalidad de cualquier cargo público bajo sospecha razonable.
Adorna sus declaraciones el aún presidente de la Diputación, con una reflexión para enmarcar: “…y al final, pasa lo que pasa”. Mordaz como en todas sus alocuciones, nuestro prócer popular se doctora en la difícil ciencia de la adivinación. Final cáustico para un comienzo directo. Más todo no pasa, ni pasará, lo que sucederá al final, cuando los tribunales dicten sentencia, es que cada uno ocupará el lugar que le corresponda en justicia, sin lapidación que valga.
















