Streaming, Spotify y otras bestias
JORDI PICÓ CORTÉS
El sistema es bonito y simple: los artistas cobran en función de las escuchas que reciben; el dinero proviene de los anuncios y así todos contentos, felices y en armonía. No en vano ahí residía su ventaja. Spotify tendía un puente entre discográfica y usuario de la que ambos se beneficiaban, o esa al menos era la idea
Cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con el mundo exterior los últimos meses –léase: que no estado encerrado en una cueva de las rías gallegas– habrá oído hablar del palabro de moda: streaming. Tampoco es que sea algo nuevo, algunos llevamos bastantes años con la coletilla detrás de la oreja, pero últimamente el asunto se ha tornado epidémico. Streaming, ahí donde se ve, es un concepto mucho más sencillo de lo que el anglicismo pueda sugerir: se refiere al visionado de contenido multimedia en la red. Para entendernos es, por ejemplo, lo que hace Youtube: te permite ver vídeos en una página web sin necesidad de que se almacenen en el ordenador.
Como iba diciendo, esto del streaming tiene bastantes años. De hecho, se podría decir que nació con Internet, aunque hizo falta que mejorara la conexión lo suficiente como para que la transmisión de audio y vídeo fuera viable. Últimamente, sin embargo, parece que todo el mundo tiene la palabra en los labios. La culpa en buena parte la tienen dos servicios que desde su salida han traído cola. No es para menos cuando su éxito parece alumbrar una salida al eterno conflicto de la piratería.
Spotify y Netflix, son dos programas que, respectivamente, permiten escuchar música y ver películas “sin límites”, en línea, legalmente y sin moverse del sillón. De Netflix no hablaré mucho. Sobra decir que en Estados Unidos causa furor y que entre otros asuntos no está disponible todavía en España. Spotify, por otro lado, sí que demanda un pelín de atención –esto es, al fin y al cabo, una columna de música, pese a artículos como éste–. Recientemente ha vuelto a la palestra con motivo de su apertura al mercado americano –amén de ciertos cambios a los términos del servicio que no han terminado de sentar bien– lo que le augura un futuro muy prometedor.
Spotify aparece allá por 2008 como un servicio cerrado al que sólo se podía acceder por invitación. Ya en aquel entonces levantó bastante revuelo: prometía acceso gratuito, legal e instantáneo a una biblioteca gigantesca de música por streaming a cambio de escuchar, intercalados entre pista y pista, cortes de publicidad, con los que se pagaban los royalties o derechos de autor. El sistema es bonito y simple: los artistas cobran en función de las escuchas que reciben; el dinero proviene de los susodichos anuncios y así todos contentos, felices y en armonía. No en vano ahí residía su ventaja. Otros servicios más antiguos –Pandora llevaba casi una década ofreciendo un servicio de radio online en Estados Unidos– habían tenido de una forma u otra que limitar sus servicios para poder enfrentarse a la legalidad de los muchos países en los que operaban. Spotify tendía un puente entre discográfica y usuario de la que ambos se beneficiaban, o esa al menos era la idea.
Spotify viene en tres sabores: Las cuentas Open son gratuitas pero tienen un límite de diez horas mensuales y de cinco reproducciones por canción. Unlimited carece de estos inconvenientes y además elimina la publicidad pero cuesta seis euros al mes. Si no te aterra que el importe suba hasta los nueve euros, Premium hace todo eso y te permite utilizar Spotify en el móvil, aparte de otras tantas pijerías. De los tres sólo uno sigue funcionando con anuncios pero a cambio con límite de horas, lo que a muchos nos hace sospechar que el modelo publicitario no termina de ir todo lo bien que desearían desde la empresa.
En cualquier caso, en el mundo del streaming musical no todo es verde. Si no te termina de convencer Spotify quizá quieras echarle un ojo a las variadas alternativas que salen como setas por toda la red. De todas ellas, la que destaca por cuenta propia es Grooveshark. Desde su aparición en 2007 no ha dejado de crecer y cuenta ya con más de 35 millones de usuarios registrados. El modelo de Grooveshark es algo diferente: tú, como usuario, puedes subir cualquier canción al servicio, siempre y cuando no se encuentre bajo copyright. Una vez compartida cualquier otro usuario puede acceder a ella y escucharla. Al final acabas con muchas canciones repetidas y datos equivocados pero la facilidad de uso compensa fácilmente un par de segundos más de búsqueda.
Para acceder sobra con ir a grooveshark.com y buscar el artista que desees, no necesitas descargar ningún programa ni registrarte como usuario, aunque hacerlo te permite construir tus propias listas de reproducción y emplear las características sociales. Entre otras, Grooveshark busca canciones similares a las que escuchas y las dispone a modo de emisora, con el añadido de poder decirle al programa si te ha gustado o no la recomendación, contribuyendo de paso con que funcione correctamente y ahorrándote malas escuchas posteriores. Adicionalmente hay disponibles servicios de subscripción que eliminan la publicidad y te dan acceso a características extra. Lo de Grooveshark para móviles está ligeramente más complicado, ya que tras varias denuncias se vieron obligados a retirarla de Android Market y App Store.
Además existen otras tantas alternativas más chiquititas pero igual de interesantes. No dejéis de echar un ojo a páginas como Jamendo o mflow, que cada día tienen mejor pinta. Para los clasicotes, nada mejor que Last.fm que con sus funciones sociales y más de media década de experiencia no deja de ser una opción validísima, subscripción aparte. Pero el que da más miedo, no tanto a ti o a mí pero seguro que sí a todos los que he mencionado en este artículo, es el proyecto de música en la nube de Apple, el apodado prematuramente iCloud. La compañía que triunfó en plena era de la piratería con la iTunes Store no parece dispuesta a dejar que le arrebaten el trono en uno de sus mejores momentos de forma.
Sea como sea, cuesta resistirte al streaming de música. Contenido casi ilimitado y al instante no es ningún capricho. Si además añadimos que la mayoría de estas propuestas son, en mayor o menor medida, gratuitas, uno se queda rápido sin excusas para evitar disfrutar de alguno de estos servicios.
Jordi Picó Cortés es crítico musical.

















Comentarios
#1 Kim | Vie, 09/09/2011 - 21:17
Muy bueno el artículo!
Muy bueno el artículo! Enhorabuena!
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