Los delatores
LUIS PRATS PÉREZ
La falta de recursos para sacar adelante a su familia, les llevó como a tantos miles de parados a apuntarse a este nuevo oficio propiciado por la política represiva estatal. El delator se configuró como un nuevo personaje de la política sin humos de la administración.
Llevaban tiempo en el paro. Habían sido víctimas de uno de tantos ERES que con la complicidad de la administración se llevaban a cabo con la excusa de la crisis internacional, efecto colateral e inevitable bramaban los mandatarios y/o empresarios. Su situación era desesperada, habían agotado la prestación por desempleo, subsistían estirando los escasos 426 euros que ahora les eran también retirados por mor de los ajustes gubernamentales, de desesperada la situación se había tornado agónica. Buscaban con ansiedad un trabajo donde fuera y de lo que fuera, estaban dispuestos a todo; llamaron a la puerta de la economía sumergida pero ni allí obtuvieron respuesta.
Sumidos en la impotencia de pronto divisaron una luz al final del túnel. La administración, incapaz de llevar adelante el estricto cumplimiento de su nueva ley anti tabaco necesitaba de ciudadanos dispuestos a delatar a quienes osaran consumir un cigarrillo en los lugares prohibidos por la legislación vigente. Bares, restaurantes, alrededores de hospitales y parques infantiles, incluso colas de eventos, se prestaban a mayor conflictividad que otros de los denominados espacios sin humos.
Para ellos se creaba la figura del delator, eufemísticamente inspector de espacios sin humos. Como quiera que la denuncia comportara ciertos riesgos, estos se compensaban con una retribución económica, porcentaje de la sanción, por delación e individuo y otra de más enjundia por establecimiento que se declarara insumiso y permitiera el consumo de tabaco.
La falta de recursos para sacar adelante a su familia, les llevó como a tantos miles de parados a apuntarse a este nuevo oficio propiciado por la política represiva estatal. El delator se configuró como un nuevo personaje de la política sin humos de la administración. Mediante un sencillo formulario, al que adjuntaban instantánea del acusado cometiendo la fechoría, el delator revelaba a la autoridad el delito, señalando al autor para que fuera sancionado, poniendo de manifiesto el "animus delictivus" del fumador y su reprochable conducta. El delator surgía de la miseria, de la falta de recursos, aunque algunos, en competencia desleal, estaban dispuestos a la labor incluso sin compensación alguna, eran los intolerantes.
Ante la persecución de que eran objeto, los fumadores que optaban por seguir disfrutando del placer de fumar se recluían en locales que recordaban los antiguos fumaderos de opio. La persecución auspiciada por el ministerio del ramo traía a la memoria colectiva viejas imágenes de la ley seca promulgada en los años treinta en EE UU La recuperación de una de las figuras más abyectas de la política stalinista, el comisario político como vigilante de la ortodoxia y delator de los delitos contra el Estado, promovida por los mismos legisladores, hacía que la sociedad terminara por dividirse y comenzara una era cainita de incierto futuro. Todo por el empeño en erradicar una costumbre con una ley que no iba contra el tabaco, sino contra el fumador, pues mientras a éste se le prohibía fumar excepto en su domicilio, la administración seguía con la venta del tabaco y sus pingües beneficios.
Este relato no es un remedo de Fahrenheit 451, ni una nueva versión de Los Intocables, sino una licencia de escribidor pero constatable en ciertos aspectos, y que a no mucho tardar tenderá a revertir en situación anterior, para recuperar la armonía rota por la actitud de unos talibanes de la causa, que son exiguos en número pero a los que se les ha dotado de una caja de resonancia en la que aumentan superlativamente sus exigencias y derechos.
Luis Prats es sindicalista.
















