Alarma social
LUIS PRATS PÉREZ
Desde aquel lejano fin de semana de principios de diciembre lleno de despropósitos, de chulería, de irresponsabilidad, en el que una casta privilegiada de empleados públicos paralizaron los aeropuertos españoles, secuestrando en ellos a miles de usuarios, y la torpeza gubernamental que al promulgar un decreto, veló más por sus intereses que por los de la ciudadanía en general y los viajeros en particular, hemos estado en alarma oficial. Desde los poderes públicos se instituyó la alarma como un componente más de nuestra vida que ha concluido en el BOE este fin de semana pasado.
La verdad es que en el día a día, exceptuando a los controladores que se han visto envueltos en imputaciones de los fiscales y han sido vigilados por la milicia en sus puestos de trabajo, el resto de la población no ha notado los efectos de este edicto en sus carnes. La suspensión de derechos ad hoc que conlleva el estado de alarma, y que el ejecutivo podría haber puesto en marcha si así lo hubiera estimado, no ha pasado para la mayoría de la población del negro sobre blanco del BOE.
Ni se ha limitado la circulación o permanencia de personas o vehículos, ni se han practicado requisas temporales de bienes ni obligatoriedad de prestaciones, ni se han intervenido industrias o fábricas, ni se han limitado o racionado el uso de servicios o el consumo de artículos de primera necesidad, ni se han tenido que tomar medidas para asegurar el abastecimiento de los mercados. El estado de alarma ha pasado entre nosotros como el ángel en la conversación, sin darnos cuenta.
Pero por desgracia existe otra alarma, no oficial, no decretada por las altas instancias estatales, que seguirá en vigor, la alarma social: intranquilidad de la ciudadanía ante los problemas que nos acucian, desasosiego ante la crisis que no cesa. Así como la primera queda encorsetada en el tiempo por el que se promulga, la segunda carece de fecha de caducidad, nadie sabe con certeza su duración. Alarma social por el devenir de nuestro país, por el futuro de los ciudadanos, por el trabajo, por la economía. Alarma es consustancial con la crisis que negada y combatida a destiempo insiste en quedarse entre nosotros.
Alarma en dicotomía social. Alarma que genera un estado de misantropía entre algunos sectores de la población que comprensiblemente optan por resolver sus problemas que por empatizar con los del vecino o con los de la sociedad en general. Alarma que por el contrario, provoca en otros un sentimiento de solidaridad que les lleva a colaborar con quienes están en primera línea, en la vanguardia de la lucha contra la falta de recursos de las familias, contra el hambre, contra la indigencia, contra la explotación de los más débiles, presa fácil en momentos de penuria.
Alarma social que necesita para su erradicación, un plus de credibilidad de los que nos gobiernan, confianza de los ciudadanos y mercados en nuestra clase política, un consenso social que permita revertir los crueles datos del desempleo, y un pacto político de los dos grandes partidos en los asuntos de estado que acabe con la lucha cainita que no lleva a ninguna parte.
Luis Prats Pérez es sindicalista.
















