Tócala otra vez, Sam
JOSÉ A. LAFUENTE
Tócala otra vez, Sam
Dir. Tamzin Townsend
Con (entre otros): Luis Merlo, María Barranco, etc.
Teatro Principal Alicante del 8 al 12 octubre 2011
Recordando la película “Play it again, Sam” (Sueños de un seductor) y la serie “Aquí no hay quien viva” me siento en la butaca a la espera de aquello de “prohibido tomar fotos; apaguen los móviles, etc.” Sabía que no vería a Woody Allen; sabía que Luis Merlo es un actor con oficio y resultón pero temía lo peor. La tele tira mucho del aplauso, pero quema hasta límites insoportables. En efecto, sondeando a amigos y conocidos, me confirman que les resultaba imposible separar la imagen y la voz del gay de la serie de esta otra del personaje de más alcance, más complejo y con otros requerimientos.
La excelente película de Ross/Allen se ha visto reducida aquí a una comedia ligera, un tanto deslavazada pero, como decía, resultona. Vale, esto es teatro y aquello, cine. Estos son estos y aquellos…no (ya lo advierte Merlo con
sinceridad en alguna entrevista) Pero es que la luz, el decorado, esas gasas mal resueltas sugiriendo espacios, ese atrezzo en general, el sonido irregular distraen. Allí faltaron costuras o pegamento para que la atención no se fuera con frecuencia a cosas menores. De hecho, el texto sostenía al conjunto porque la fuerza y el ingenio de Allen da para eso y más. En algún momento, determinadas frases arrancaban aplausos obligando a los actores a esperar de nuevo el silencio:
- Allan: ¿Qué haces el sábado?
- Ella: Suicidarme.
- Allan: ¿Y el viernes por la noche?
Woody Allen ya había dirigido en Broodway su propia obra teatral pero quien la llevó al cine fue Herbert Ross en 1972 con un fantasma Bogart impagable y una Diane Keaton estupenda en su papel.
La neurastenia de Allan le lleva a conversar frecuentemente con Humphrey Bogart; con el espectro más bien; con esa voz que él solo oye y con esa gabardina y ese sombrero que solo él ve. Bueno, y nosotros, los de este lado de la cuarta pared. Y, desde este lado, afirmo que nadie se parece a nadie porque, además, tampoco este Bogart recuerda ni de lejos al personaje del cine. Allan está desesperado por su divorcio, por lo que sus amigos le proporcionan encuentros con mujeres de todo tipo, pero la inseguridad extrema del perdedor Allen/Allan/Merlo frustra todos los intentos afectivos y sexuales. Al final, Linda/María Barranco, mujer casada con su mejor amigo, parece ser la que se va acercando peligrosamente al protagonista y viceversa, pero una serie de circunstancias complican la situación y sirven en bandeja el disparatado tramo final de la obra.
Al final, esta historia de cuatro actores (cinco) y un espectro, nos resulta más familiar que la de cualquier clásico enajenado y solemne y nos muestra la cotidianidad bien urdida de un consumidor de pastillas. Las apariciones de Humphrey, debidamente enmarcadas con luz roja tenue, son escasas y demasiado inconsistentes para tratarse de quien se trata. Recuerdo estas ensoñaciones en la película original y tenían una fuerza mucho mayor.
Alguien cercano me sugiere el omnipresente y horrible sofá como trasunto del diván del psiquiatra. Este Allan, carne de psicoanálisis y de farmacia, casi no sale de él como si de un nido se tratara. Ni a requerimiento de Bogart: “Si me necesitas, silba” Y un colmo: tener a mano a este duro de Casablanca y no saber silbar.
Entretenida y muy aplaudida (ay, la tele), la obra nos dejó el buen gusto de un rato divertido, lamentablemente lastrado por la película y el recuerdo del músico y cineasta neoyorquino y por la divertida y ya familiar serie citada al principio. Un buen texto para un rato distraído.
José A. Lafuente Andújar es licenciado en Filosofía y Letras.

















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