New York, New York

JORDI PICÓ CORTÉS
La ciudad que nunca duerme levanta tantas pasiones como odios. Te guste o no, es absurdo negar la cultura que rebosa de cada esquina. En el plano de la música eso se traduce en grupos de jazz en cualquier garito, cantantes de rap en cada calle y bandas que salen como setas del alcantarillado neoyorquino

“Debo ser adicto a la basura”. Así respondía Alvy Singer, perdido por California en la genial Annie Hall, cuando le preguntaban qué le gustaba tanto de Nueva York. No nos engañemos, la ciudad que nunca duerme levanta tantas pasiones como odios, así que lo mismo te encentras a un adicto como Woody Allen o un par de aviones empotrados en la esquina, si se me permite que trivialice con el tema. Te guste o no, es absurdo negar la cultura que rebosa de cada esquina. En el plano de la música eso se traduce en grupos de jazz en cualquier garito, cantantes de rap en cada calle y bandas que salen como setas del alcantarillado neoyorquino.

Es así como aparecen los grupos de los que voy a hablar a continuación. Bueno, puede que no precisamente de las tuberías –con caimanes o sin ellos– pero metáfora arriba, metáfora abajo, la idea sigue siendo la misma: que Nueva York es el caldo de cultivo para una infinidad de estilos y sonidos diferentes, bajo el amparo de los colosos de Manhattan o entre las callejuelas de Brooklyn. Y eso, ames u odies la gran manzana, no se puede negar.

Beach Fossils

Revivir el surf-rock vocal cuarenta años después y que la conciencia no te joda es complicado. Más inri por tratarse de un género exprimido ya en sus orígenes. Si pese a todo tienes los santísimo de dedicarte a ello, puedes dedicarte al expolio, como The Drums y aquel Let’s Go Surfing, o puedes intentar hacerlo bien.

Beach Fossils tienen todo lo que hace falta para ser una banda más apuntada al carro: nombre playero, aparecen en 2009, uso y abuso del reverb, tempo tranquilo, etcétera. Pocas, sin embargo, tienen la calidad de estos neoyorquinos.

Su primer álbum, homónimo, es gigante. En primer lugar por sus canciones: pegadizas, absorbentes y entretenidas. En segundo por su sonido: líneas y líneas de guitarras y bajo moviéndose en todos sentidos, chocando entre ellas y precipitando. El resultado es casi barroco. Si además son capaces de todo eso sin recurrir a las mismas melodías de hace sesenta años, entonces tienes delante una de las bandas más interesantes del movimiento.

Una canción: Vacation, como un pedazo de verano:

 

The Pains Of Being Pure At Heart

Sugieren en su nombre que creen en la simplicidad de lo puro, en el idealismo del ingenuo. The Pains Of Being Pure At Hearthacen música totalmente libre de pretensiones, lo que se convierte en su mayor baza, pero también en su mayor defecto. Su shoegaze extrovertido puede resultar tan entretenido como enclenque y al final del día lo que importa es su capacidad para que olvidemos lo segundo.

Hace dos años, cuando salió a la venta su debut, lo taché de intragable para arriba. No porque fuera un tostón o una basura sin profundidad como se suele decir de ellos,  sino porque por mucho que me esforzara por escucharlo y volverlo a escuchar no había manera de que se me quitara el sabor a diabetes. Los Pains tienen un sonido profundamente empalagoso: o te enfundas la sonrisa boba y te prendas de ellos o huyes sin mirar atrás.

En aquel primer elepé, The Pains Of Being Pure At Hearthacían de funambulistas improvisados: un poco más afectados y habrían sido fagocitados por la morriña, un poco más forzados y se habrían cargado uno de sus grandes pros: una naturalidad sin rozaduras. Sus peripecias por la cuerda floja les salieron bien: las críticas fueron positivas y las comparaciones afortunadas. En lo que a mí respecta, seguí dándoles oportunidades año tras año y mi opinión de ellos ha mejorado, sobre todo comparada con a aquellas primeras muecas de asco al escuchar Contender. Este año han sacado Belong, el que es su segundo álbum de estudio. Para gustos, colores, y yo me reservo el mío para otra ocasión.

Una canción: Come Saturday, la complacencia de los inocentes:

Jordi Picó Cortés es crítico musical.

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