Jazz de calidad en el Festival Internacional de Alicante
JOSÉ A. LAFUENTE
Festival Internacional de Jazz de Alicante FIJAZZ 2011
20-24 julio de 2011
Lucentum (Tossal de Manises)
De nuevo el Tossal de Manises y el paseo mágico y nocturno por Lucentum hasta las gradas y el escenario. Presencias intuidas de los alicantinos primigenios, calor en general y la meteorología animando las apuestas. Y música.
Blind Boys of Alabama: Nacido en los años treinta del Instituto de Alabama para Ciegos Negros (sic), esta prestigiosa y variable agrupación abrió el festival con un espectáculo familiar en el que abundó el gospel, el soul, el rhythm and blues… y el humor. Cantantes ciegos por encima de los 80 años poniendo a prueba los nervios del resto de la banda y del público en sus idas y venidas, en aparente rebeldía, ritmo y ganas de seguir siendo los mejores. Así, el líder del grupo, Jimmy Carter, se paseó (acompañado) entre un gentío entregado al experimento durante un cuarto de hora, sin que el grupo dejara de funcionar como un reloj. A destacar Joey Williams como guitarrista y cómplice de las bromas de los Blind. También oímos, cómo no, el tema de la serie The Wire "Way Down in the Hole" de Tom Waitts.
D.I.G. (Deep Inner Groove): Incluso conviniendo el alto nivel del Fijazz 2011, propondría convenir también que la cima, el listón de listones ha sido D.I.G., el nuevo proyecto –“peripecia jazzística”– del veterano Chuck Loeb. Y es que el paraguas “jazz”, menos tonterías, lo admite casi todo. Conocidos estos músicos por separado y en otras formaciones y consciente del peligro que supone meter en una misma jaula a cinco leones hambrientos, he de decir que el conjunto (supongo que con fecha de caducidad) brilla sin fisuras y en paz a las órdenes implícitas del maestro alfa Loeb. Till Bronner –trompeta– y Eric Marienthal –saxo– habrían sido, por sí mismos, cabezas de cartel en cualquier sitio, y qué decir de Harvey Mason, el mejor batería del Festival seguido de cerca por cualquiera de los otros cuatro. El duelo saxo-batería, simplemente apasionante. Pat Bianchi, a los teclados, quedó en un segundo plano pero siempre eficaz. Maestría y pasión contagiosa.
Mike Stern Band: Hola, ¡un violín eléctrico! Entre virtuosismo y malabarismo hay una línea no muy precisa pero peligrosa. No sé en qué punto nos llegamos a encontrar al respecto, pero Didier Lockwood pareció a veces tener diez dedos en cada mano; caramba con el violín. Luego, después de estos alardes magistrales del jefe, Max Stern, y su fraseo psicodélico y rockero aterrizábamos en algo parecido al smooth jazz, más sereno y menos improvisado, por mucho que la improvisación en esto del jazz obedezca casi siempre a unas normas y a una técnica determinadas. Stern trabajó en un principio con “Blood, Sweet & Tears” y llegó a tocar con Stan Getz y Miles Davis entre otros gigantes. Creo que algunos pasamos el “stress test” por los pelos.
Ivan Lins & Band: Brasileiro él y chapurreando en castellano lo que pudo, este músico y –ay– cantante comenzó suave, como quien no quiere la cosa, al son de ritmos cariocas y algunas evocaciones verbales de su tierra, intentando inútilmente hacer cantar a los alicantinos en portugués algunas frases cortas. Contaba y cuantificaba cosas como las canciones compuestas y dedicadas a su mujer y otros acontecimientos de menor cuantía.
Ya en el último tercio, la cosa fue poniéndose seria y entramos de lleno en un jazz más reconocible. Veníamos de la bossa nova y la samba y llegamos al firmamento. Solo interrumpido por sí mismo cuando cantaba, disfrutamos de la música con mayúsculas. Piano, batería, trompeta, guitarra… y alguna víscera por los suelos. Lástima de una versión peculiar pero mejorable de “Te recuerdo Amanda” , con algún roto en la letra y algún descosido en la partitura.
Chucho Valdés & The Afro-Cuban Messengers: Concierto de tintes y ritmos afro-cubanos, con un par de temas casi a capella genuinamente tribales con instrumentación (batá) y tintes mágicos y mucha percusión. Con referencias a otros grandes como Joe Zawinul –espectacular “Zawinul’s Mambo”– o a la familia Marsalis de Nueva Orleans, la veteranía y autoridad de Chucho nos despide hasta el año que viene. Muy distinto del carácter musical y la templanza de su padre Bebo, este grandullón es un monstruo (no por lo feo, que también) devorador de pianos; un mago desde los diez años; un fundidor de estilos: cha cha cha, baladas, blues, ragtime, soul… Influenciado por Dave Brubeck –Take Five, ¿recuerdan?– y a la altura de los Oscar Peterson, Chick Corea, Herbie Hancok, McCoy Tyner, John Coltrane, etc., Chucho Valdés manda en el escenario y podría terminar espetando tras el último compás: Esto ha sido todo, ¿alguna pregunta más? Luego, el silencio y, enseguida, las aclamaciones. Ah sí, también salió a cantar su hermana, María Caridad Valdés, pero no fue lo mismo.
Al final, una gran asistencia de público, una climatología un poco más respetuosa que otros años, un cartel de calidad y a pesar, de nuevo, de una incorrecta disposición ortogonal de las gradas que hacen incomodísimos los laterales, han conseguido que quedemos mirando el calendario 2012 con impaciencia y con el picú echando humo. Pero el verano aún está plagado de festivales a los que ya se puede ir a 120 por hora. Los cubatas, a la vuelta y con el coche ya en el garage.
José Antonio Lafuente Andújar es licenciado en Filosofía y Letras.

















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